En la historia de BMW hay modelos que nacieron para brillar bajo los focos, como los M3, los M5 o los deportivos Z. Sin embargo, hay otros que se forjaron en silencio, lejos del protagonismo mediático, pero con un alma tan pura que, con el paso del tiempo, se convirtieron en verdaderas leyendas ocultas. Uno de ellos es, sin duda, el BMW 320iS E30, conocido entre los entusiastas como “el M3 de los países sin M3”.
Para comprender su existencia, hay que situarse en la Europa de finales de los años 80. BMW acababa de lanzar el M3 E30, un coche homologado para competición con un motor de cuatro cilindros —el célebre S14— que combinaba tecnología de Fórmula 1 con la solidez alemana. Pero aquel coche, destinado a ser un icono, tenía un problema en determinados mercados: su motor de 2,3 litros lo situaba en una franja fiscal demasiado alta en países como Italia y Portugal, donde los impuestos sobre cilindradas superiores a los 2.0 litros eran desorbitados.
Fue entonces cuando BMW tomó una decisión tan pragmática como brillante: crear una versión del M3 adaptada a esos mercados, pero manteniendo su esencia deportiva. Así nació el 320iS, un modelo con el motor del M3, pero reducido a 1990 cc, lo justo para escapar de la carga fiscal, y montado sobre la carrocería convencional del Serie 3 E30, sin los anchos pasos de rueda ni los alerones del M3.
El resultado fue un coche aparentemente discreto, incluso anodino para el ojo inexperto, pero que escondía bajo su capó un propulsor de competición domesticado. Su aspecto sobrio lo convirtió en un lobo con piel de cordero, y su rendimiento lo situó entre los coches más equilibrados y excitantes de la gama BMW.
El 320iS fue producido entre 1987 y 1990, exclusivamente para los mercados de Italia y Portugal. Nunca se exportó oficialmente a otros países, lo que contribuyó a su aura de exclusividad y misterio. Mientras en Alemania, Reino Unido o España los aficionados soñaban con el M3, los conductores italianos y portugueses disfrutaban, casi en secreto, de una máquina que compartía su misma alma, pero vestida con traje de calle.
Hoy, el 320iS es considerado una joya oculta de la ingeniería bávara. No sólo por su rareza —apenas se fabricaron unas 3.700 unidades—, sino porque representa la esencia de BMW en su estado más puro: equilibrio, precisión y placer de conducción. Es un coche que no buscaba presumir, sino ofrecer sensaciones auténticas, y eso lo convierte en uno de los secretos mejor guardados de la marca.
Nacido de una necesidad fiscal
A mediados de los años 80, BMW vivía una etapa de esplendor técnico. El M3 E30 había nacido como el arma definitiva para conquistar los campeonatos de turismos europeos, y su motor S14 se convertía en una referencia mundial en cuanto a ingeniería de alto rendimiento. Sin embargo, no todos los países podían disfrutar de aquel icono. En mercados como Italia y Portugal, los impuestos sobre los vehículos de más de 2.0 litros eran tan elevados que el precio final del M3 resultaba prohibitivo para la mayoría de los clientes.
Ante este obstáculo, BMW decidió desarrollar un modelo que mantuviera el espíritu del M3, pero adaptado a la normativa fiscal. Así comenzó el proyecto del BMW 320iS (E30). No se trataba de una simple versión rebajada, sino de una reinterpretación inteligente del concepto M3 para un público específico.
El punto de partida fue el mismo motor S14B23 del M3, pero modificado para reducir su cilindrada a 1.990 cc. Para conseguirlo, los ingenieros acortaron el cigüeñal y ajustaron los componentes internos, manteniendo el bloque y la culata de cuatro válvulas por cilindro. El resultado fue el S14B20, un propulsor que entregaba 192 CV a 6.900 rpm y 210 Nm de par a 4.900 rpm, cifras impresionantes para un dos litros atmosférico de su época.
Esta mecánica se combinó con el cambio manual Getrag 265 de cinco velocidades, el mismo que equipaban los M3 más tempranos, y con un diferencial autoblocante al 25%, que garantizaba una tracción impecable incluso en conducción deportiva.
El proyecto se llevó a cabo en Regensburg, donde se ensamblaban los E30 de mayor rendimiento, y desde allí las unidades se enviaban exclusivamente a los concesionarios italianos y portugueses. No hubo campañas publicitarias masivas ni anuncios televisivos; el 320iS fue un coche concebido para conocedores, una pieza de ingeniería destinada a quienes entendían que el verdadero placer al volante no dependía de la ostentación.
En el contexto de la época, el 320iS representaba una solución brillante: un coche con carácter M, pero sin el coste fiscal de un M3. Y lo más interesante es que, al carecer de los añadidos aerodinámicos del hermano mayor, ofrecía una relación peso-potencia más favorable y un comportamiento más equilibrado para carretera abierta.
Muchos lo describen como el “M3 civilizado”, una máquina que podía circular con total discreción, pero que al exigirle en un tramo de montaña revelaba un alma de pura competición.
Años después, BMW reconocería internamente que el 320iS fue uno de los ejercicios de ingeniería más precisos de su época, un coche nacido de una limitación legal que terminó convirtiéndose en una obra maestra técnica.
Discreción con propósito
El BMW 320iS E30 es uno de esos coches que pasan inadvertidos para el ojo inexperto, pero que los conocedores identifican al instante. Su diseño no grita “deportivo”, no presume de alerones ni de pasos de rueda ensanchados. En su lugar, adopta una elegancia contenida, la de un coupé o berlina de la Serie 3 convencional… aunque bajo esa apariencia se esconda un verdadero pura sangre bávaro.
Una estética sobria pero afinada

Exteriormente, el 320iS toma la base del E30 estándar, sin los paneles ensanchados ni el alerón trasero del M3. Esto se debía, por un lado, al deseo de BMW de mantener costes y discreción, y por otro, a la necesidad de no posicionarlo directamente como rival interno del propio M3.
Sin embargo, algunos detalles delataban su carácter especial. Los paragolpes eran los del 325i, las llantas, de 15 pulgadas estilo BBS, con el clásico diseño de panal, calzaban neumáticos 195/60 R15 que equilibraban agarre y confort. En la zaga, la insignia “320iS” reemplazaba al distintivo “M”, un guiño solo para los que sabían lo que estaban mirando.
El resultado era un coche que no necesitaba llamar la atención. En una época en la que los deportivos compactos competían en spoilers y colores vivos, el 320iS jugaba otra liga: la del refinamiento técnico y la estética funcional. Era el coche perfecto para quien deseaba un rendimiento de alto nivel sin atraer miradas indiscretas.
Interior: ergonomía y precisión alemana

Por dentro, el 320iS conservaba el diseño clásico del E30, con su disposición centrada en el conductor y una atmósfera de precisión mecánica. El salpicadero, ligeramente orientado hacia el piloto, mostraba una instrumentación completa, con un cuentarrevoluciones que llegaba a 8.000 rpm, algo poco común en un coche de su cilindrada. El velocímetro y los indicadores analógicos transmitían la sensación de estar en un coche hecho para conducir, no solo para desplazarse.
Los asientos deportivos, tapizados en tela “Anthrazit” o cuero opcional, ofrecían un excelente soporte lateral, y el volante de tres radios —idéntico al del 325i Sport— invitaba a tomar el control con precisión quirúrgica. El interior no era lujoso, pero sí sobrio y de calidad sólida, con materiales duraderos y un ensamblaje impecable.
Equilibrio entre deportividad y confort
A diferencia del M3, el 320iS no buscaba una experiencia de circuito. Su suspensión era más firme que la de los modelos convencionales, pero mantenía un nivel de comodidad sorprendente para los estándares de un deportivo de la época. El aislamiento acústico era correcto, aunque el sonido metálico del motor S14, con su tono agudo al subir de vueltas, siempre encontraba la manera de colarse en el habitáculo.
Todo en su diseño tenía un propósito: ofrecer un coche utilizable a diario, pero con la capacidad de transformarse en una herramienta de precisión en carreteras sinuosas.
El 320iS era el equilibrio perfecto entre anonimato y carácter, un coche que pasaba desapercibido en la ciudad, pero que, en el entorno adecuado, revelaba todo su potencial. Esa dualidad —sobriedad exterior, alma de carreras— es precisamente lo que lo convierte en uno de los BMW más especiales de su era.
El S14 en su versión más pura

En el corazón del BMW 320iS E30 late uno de los motores más carismáticos y técnicamente avanzados de su tiempo: el S14, el mismo bloque que impulsaba al legendario M3 E30, pero con una diferencia clave: una cilindrada reducida a 1.990 cm³ para esquivar las penalizaciones fiscales en Italia y Portugal.
Lejos de ser una simple adaptación, esta variante se convirtió en una de las expresiones más puras del espíritu M, un ejemplo magistral de cómo la ingeniería puede convertir una limitación en virtud.
El S14B20: precisión mecánica alemana
El motor S14B20 del 320iS se desarrolló partiendo del bloque de hierro fundido del M10 y la culata de aluminio multiválvula derivada del M88 (el motor del M1 y M635CSi). BMW Motorsport lo diseñó como un propulsor compacto, de altas revoluciones y con respuesta instantánea, en la mejor tradición de los motores de competición.
Para cumplir con la restricción fiscal, los ingenieros acortaron la carrera mediante un cigüeñal específico, reduciendo la cilindrada de 2.302 a 1.990 cc. Aun así, mantuvo la arquitectura de cuatro cilindros en línea, doble árbol de levas en cabeza (DOHC) y cuatro válvulas por cilindro, con una relación de compresión de 10,5:1.
El resultado fueron 192 CV a 6.900 rpm y 210 Nm de par máximo a 4.900 rpm, cifras que lo situaban entre los motores atmosféricos más potentes de su categoría. El corte de inyección se producía cerca de las 7.200 rpm, aunque el propulsor invitaba claramente a estirarlo más allá, con un sonido metálico, afilado y perfectamente sincronizado con cada giro del cigüeñal.
Entrega de potencia y carácter
A diferencia de los motores de seis cilindros que dominaban la gama BMW, el S14B20 ofrecía un carácter más agresivo y lineal. Su potencia no llegaba de golpe, sino que se construía progresivamente, empujando con fuerza a partir de las 4.000 rpm hasta alcanzar un punto culminante en la zona alta del cuentarrevoluciones.
Esta característica convertía cada aceleración en una experiencia sensorial: el motor no rugía, cantaba. El sonido de admisión —filtrado por la caja del filtro de aire Motorsport— y el tono metálico del escape creaban una sinfonía que recordaba a los coches de competición de la época.
Transmisión y diferencial
El S14B20 se acoplaba al cambio manual Getrag 265/5 de cinco velocidades con disposición “dog-leg”, en la que la primera marcha se situaba abajo a la izquierda. Esta configuración, típica de los coches de carreras, permitía cambios más rápidos entre segunda y tercera, las marchas más utilizadas en conducción deportiva.
El diferencial autoblocante con un tarado del 25% completaba el conjunto, garantizando una tracción óptima en curva y una motricidad sobresaliente en aceleraciones fuertes. Todo estaba diseñado para maximizar el control del conductor, más que la simple velocidad.
Rendimiento y comportamiento
Con un peso en torno a 1.200 kg, el 320iS lograba una relación peso-potencia de 6,2 kg/CV, suficiente para acelerar de 0 a 100 km/h en 7,5 segundos y alcanzar una velocidad máxima de 225 km/h.
Pero más allá de las cifras, lo que realmente definía al coche era la forma en que entregaba la potencia: lineal, precisa, casi quirúrgica. No era un motor para quien buscara comodidad o suavidad; era una máquina para los que disfrutaban cada cambio de marcha, cada subida de régimen, cada vibración del metal trabajado con propósito.
En definitiva, el motor del 320iS no solo era una versión reducida del S14 del M3: era su destilado más puro. Un motor nacido de la necesidad, pero ejecutado con la excelencia técnica que solo BMW Motorsport podía ofrecer.
Una joya mecánica que, más de tres décadas después, sigue siendo un referente de lo que significa placer de conducción en estado químicamente puro.
Precisión bávara en su máxima expresión

El BMW 320iS E30 es uno de esos coches que confirman por qué BMW se ganó su reputación como el fabricante de las berlinas más equilibradas del mundo. A diferencia del M3, que fue concebido para la homologación en competición, el 320iS fue diseñado para la carretera, pero sin renunciar a esa pureza dinámica que definía a los modelos de Motorsport.
Cada componente de su chasis, cada ajuste de suspensión, cada relación de transmisión fue pensado para transmitir precisión, respuesta y equilibrio.
Arquitectura y equilibrio de pesos
El E30 se basaba en una arquitectura clásica: motor delantero longitudinal, tracción trasera y reparto de pesos cercano al 50:50. Este equilibrio estructural era el punto de partida perfecto para un coche con ambiciones deportivas.
En el caso del 320iS, BMW afinó el conjunto con una suspensión específica, más firme que la de los modelos 320i y 325i, y una dirección que ofrecía un tacto directo y comunicativo.
El resultado era un coche que anticipaba las intenciones del conductor. Bastaba insinuar el giro del volante para que el eje delantero obedeciera con precisión milimétrica. El eje trasero, con su característico diseño de brazos semiarrastrados, completaba la maniobra con una nobleza ejemplar: neutro en condiciones normales, ligeramente sobrevirador cuando se buscaba el límite.
Suspensión y frenos
El esquema de suspensión mantenía el diseño McPherson en el eje delantero y brazo semitirado con barra estabilizadora en el trasero, pero con muelles más cortos y amortiguadores Bilstein que rebajaban la altura y mejoraban el control del balanceo.
Los frenos, ventilados delante y macizos detrás, eran idénticos a los del 325i, con un tacto firme y progresivo que transmitía total confianza incluso en conducción exigente.
Este conjunto hacía del 320iS un coche extremadamente comunicativo. Cada irregularidad del asfalto, cada transferencia de peso, cada cambio de adherencia se percibía con naturalidad, sin filtros electrónicos ni artificios. Era una conexión directa entre máquina y conductor, algo que hoy resulta casi imposible de encontrar.
Dirección y sensaciones al volante
La dirección del 320iS es uno de sus grandes encantos ya que ofrecía un tacto puro y analógico. Cada movimiento del volante se traducía en una respuesta inmediata, y el chasis acompañaba con una precisión que hacía del coche una extensión del cuerpo del conductor.
En conducción deportiva, el 320iS brillaba. En carreteras de montaña o en tramos revirados, su equilibrio dinámico lo convertía en una herramienta quirúrgica: neutro en la entrada de curva, obediente en el vértice y comunicativo al salir, con la posibilidad de ajustar la trayectoria con el acelerador.
No era el más rápido, pero sí uno de los más gratificantes.
Comportamiento general
Donde el M3 pedía circuito, el 320iS respondía mejor en carretera abierta. Su puesta a punto le otorgaba una dualidad ejemplar: suficientemente cómodo para el uso diario, pero con una firmeza y precisión que invitaban a conducir por placer.
El menor peso respecto al M3 y la ausencia de aerodinámica añadida le daban una sensación de agilidad natural, un coche que parecía más pequeño y ligero de lo que realmente era.
No había ayudas electrónicas, ni control de tracción, ni ABS sofisticado. Solo mecánica pura y un chasis perfectamente afinado. Esa combinación hacía que el 320iS recompensara la habilidad del conductor y castigara los errores con honestidad. Era un coche que enseñaba a conducir, que exigía respeto y concentración, pero que, cuando se entendía su lenguaje, ofrecía una experiencia insuperable.
En resumen, el 320iS fue —y sigue siendo— uno de los BMW más equilibrados jamás construidos. Su chasis no necesitaba potencia desmesurada ni aerodinámica agresiva: solo precisión, tacto y coherencia.
Una máquina concebida para el conductor que valora la comunicación sobre la velocidad, la pureza sobre el artificio.
El tesoro escondido de BMW Italia y Portugal

El BMW 320iS E30 nació con un propósito muy concreto: ofrecer la esencia del M3 en los mercados donde los impuestos sobre cilindradas superiores a los 2.0 litros hacían inviable su comercialización. Esta estrategia, orientada principalmente a Italia y Portugal, dio lugar a una de las series más exclusivas y peculiares de la historia de BMW.
Aunque nunca se concibió como un coche de producción masiva, el 320iS se convirtió, con el paso del tiempo, en un auténtico objeto de culto. Su rareza, combinada con su pedigree técnico, ha hecho que hoy sea una pieza muy buscada entre los coleccionistas.
Producción y cifras oficiales
El 320iS fue ensamblado entre septiembre de 1987 y noviembre de 1990 en la planta de Regensburg (Alemania), junto con otros modelos de la Serie 3. En total, se produjeron 3.745 unidades.
Todos los coches salieron de fábrica con especificaciones exclusivas para Italia y Portugal, y ninguno fue exportado oficialmente a otros países. No existieron variantes Touring ni Cabriolet, ni versiones automáticas: todos los 320iS montaban transmisión manual Getrag de cinco velocidades, diferencial autoblocante y suspensión deportiva.
La distribución de la producción estuvo claramente dominada por el mercado italiano, que absorbió la gran mayoría de las unidades. Portugal, por su parte, recibió un número limitado, lo que convierte a los ejemplares matriculados allí en auténticas rarezas.
Posicionamiento en el mercado
En su lanzamiento, el 320iS se situaba entre el 325i y el M3, tanto en prestaciones como en precio. Su coste era similar al de un 325i bien equipado, pero inferior al del M3, lo que lo hacía especialmente atractivo para los entusiastas que buscaban un BMW con alma Motorsport sin pagar los impuestos desorbitados de un coche de 2,3 litros.
El 320iS no fue objeto de una gran campaña publicitaria. BMW Italia y BMW Portugal lo ofrecían casi en silencio, consciente de que el público al que iba dirigido sabía perfectamente lo que tenía delante: un M3 encubierto. Su discreción fue parte de su encanto y de su éxito.
Una exclusividad que creció con el tiempo
Durante años, el 320iS fue una especie de secreto entre aficionados. Muchos lo confundían con un simple 320i, y solo los entendidos sabían que bajo su aspecto convencional se escondía el mismo ADN que el del M3.
Sin embargo, a medida que la generación E30 fue ganando valor histórico, el 320iS emergió como una joya escondida, especialmente apreciada por su equilibrio entre rendimiento, discreción y pureza técnica.
Hoy, las unidades bien conservadas alcanzan precios comparables —e incluso superiores— a los del M3 estándar, especialmente si conservan su motor S14B20 original y la documentación de origen italiana o portuguesa. Los coleccionistas valoran su rareza absoluta, su autenticidad mecánica y la coherencia de su diseño, que representa lo mejor del espíritu BMW de los años 80.
El estatus de mito
Con el paso del tiempo, el 320iS se ha ganado un lugar especial entre los aficionados de la marca. No solo por su exclusividad, sino porque encarna a la perfección la filosofía de la época: ingeniería precisa, diseño sobrio y placer de conducción real.
Es un coche que demuestra que, incluso cuando BMW se enfrentaba a limitaciones fiscales, su respuesta no era reducir prestaciones, sino refinar la excelencia.
En cierto modo, el 320iS no fue un coche de compromiso, sino de convicción. Una prueba de que, para BMW, cada detalle técnico debía estar al servicio de la experiencia de conducción, incluso en un modelo concebido para eludir un impuesto.
Y esa fidelidad a sus principios es, precisamente, lo que ha convertido al BMW 320iS E30 en uno de los tesoros más escondidos y valiosos de la historia de la marca.
El M3 que nunca lo fue
El BMW 320iS E30 nació por necesidad, pero su legado trasciende cualquier estrategia comercial. No fue un experimento ni una simple adaptación de mercado; fue un coche con propósito, diseñado para mantener viva la esencia del M3 en territorios donde las restricciones fiscales amenazaban su existencia.
Hoy, más de tres décadas después, ese mismo propósito lo ha convertido en una de las piezas más admiradas, discutidas y codiciadas del universo BMW clásico.
El “baby M3” auténtico
A menudo se le llama “el M3 italiano”, pero en realidad, el 320iS no era una versión recortada del M3: era su hermano de sangre.
Compartía con él el motor S14, desarrollado por BMW Motorsport, aunque con una cilindrada reducida a 1.990 cm³ para esquivar los impuestos sobre vehículos de más de 2.0 litros en Italia y Portugal.
Pese a esa reducción, el carácter del motor seguía siendo puro Motorsport: explosivo en altas revoluciones, duro, comunicativo y con una personalidad mecánica que ningún otro Serie 3 “civil” podía igualar.
La prensa especializada de la época destacó que, más allá de los números, el 320iS ofrecía una experiencia de conducción muy cercana a la del M3, pero envuelta en un traje más discreto. Su comportamiento equilibrado, su respuesta instantánea y la conexión directa entre conductor y máquina lo convertían en una opción irresistible para los puristas.
Discreción y pureza
Uno de los mayores atractivos del 320iS radicaba en su apariencia contenida. Sin aletas ensanchadas, sin alerones prominentes ni insignias llamativas, pasaba inadvertido para quien no supiera lo que escondía bajo el capó.
Ese contraste entre sobriedad exterior y alma deportiva hizo del 320iS un coche de entendidos, reservado a quienes valoraban más el tacto de la mecánica que el impacto visual.
A diferencia del M3, que proyectaba una imagen claramente de competición, el 320iS ofrecía una elegancia funcional. Era un coche que podía utilizarse a diario con total naturalidad, pero que, llegado el momento, revelaba un comportamiento digno de los mejores deportivos de su tiempo.
El renacer entre coleccionistas
Durante los años 2000, cuando el M3 E30 empezó a dispararse en valor, el 320iS seguía siendo un secreto bien guardado. Muchos ni siquiera sabían de su existencia, y otros lo confundían con un simple 320i.
Sin embargo, conforme los aficionados comenzaron a redescubrir su historia y su vínculo técnico con el M3, el interés por este modelo se multiplicó.
Hoy, el 320iS es considerado por los especialistas como uno de los BMW más equilibrados jamás construidos: ofrece la precisión del chasis E30, el tacto mecánico del M3 y una exclusividad aún mayor, al haber sido producido en cantidades muy limitadas.
En subastas y colecciones privadas, los ejemplares en estado original —especialmente los coupés con documentación italiana— alcanzan precios que superan los 60.000 euros, y su valor sigue al alza.
Influencia en la filosofía BMW
El 320iS representa uno de los mejores ejemplos del concepto que BMW siempre defendió en los años 80: “menos ostentación, más conducción”.
Fue un coche que demostró que el rendimiento y la emoción no dependían de la potencia bruta ni del marketing, sino de la coherencia técnica.
Esa misma filosofía ha inspirado a generaciones posteriores de modelos compactos deportivos de BMW, desde los 325iS y 330Ci hasta los más recientes M240i.
Un clásico con alma propia
A diferencia del M3, cuyo legado está ligado a la competición, el 320iS construyó su mito sobre la autenticidad y la discreción.
Es el coche que mejor encarna la idea del “M3 que nunca lo fue”, no porque le faltara algo, sino porque lo tenía todo, excepto el nombre.
Hoy, el 320iS E30 no solo es un símbolo de ingeniería inteligente, sino también un recordatorio de una época en la que BMW diseñaba coches para conductores, no para cifras.
Un clásico que no necesita insignias ni homologaciones deportivas para ganarse el respeto: basta con conducirlo para entender por qué, en muchos sentidos, fue el BMW más puro de todos.
Los secretos del 320iS

El BMW 320iS E30 es uno de esos coches que, cuanto más se estudian, más secretos revela. Detrás de su aspecto sobrio se esconden anécdotas de desarrollo, detalles técnicos únicos y curiosidades que lo diferencian no solo de otros Serie 3, sino incluso de su hermano mayor, el M3.
1. Un motor M3… pero “hecho a medida”
Aunque el motor S14B20 del 320iS deriva directamente del S14B23 del M3, no es una simple versión recortada. BMW Motorsport rediseñó internamente el bloque, manteniendo el mismo diámetro (93,4 mm) pero reduciendo la carrera del cigüeñal a 72,6 mm, lo que le permitió mantener un carácter muy puntiagudo.
El resultado fue un propulsor que giraba con una suavidad y una rapidez excepcionales, ofreciendo 192 CV a 6.900 rpm y un sonido metálico, seco y contundente, que muchos consideran más “fino” que el del M3 2.3.
Curiosamente, BMW nunca ofreció este motor fuera de Italia y Portugal, lo que lo convierte en uno de los motores Motorsport más exclusivos jamás montados en un coche de serie.
2. Sin alerones, sin aletas… sin complejos
El 320iS se comercializó sin los elementos aerodinámicos del M3, lo que llevó a muchos a subestimarlo. Sin embargo, esa decisión no fue estética, sino estratégica:
BMW quería que el coche no llamara la atención de las autoridades fiscales italianas y portuguesas, donde las versiones “racing” eran objeto de impuestos aún más severos.
Esa sobriedad terminó siendo una de sus mayores virtudes, convirtiéndolo en un auténtico “lobo con piel de cordero”.
3. Caja Getrag 265: la joya escondida
A diferencia de otros E30 de seis cilindros, el 320iS montaba una caja de cambios Getrag 265 de cinco velocidades con patrón en “dog-leg”, idéntica a la del M3.
Su primera marcha hacia abajo y a la izquierda —poco habitual en coches de calle— delataba su enfoque deportivo: fue pensada para mantener las cuatro marchas principales alineadas y facilitar los cambios en conducción rápida.
Esa caja, unida al diferencial autoblocante de 25 %, le daba un tacto mecánico que pocos coches de su época podían igualar.
4. Producción limitada y selectiva
Solo se produjeron 3.745 unidades del 320iS coupé y 1.206 unidades de la versión berlina (4 puertas), todas entre 1987 y 1990.
De ellas, la gran mayoría se destinaron al mercado italiano, mientras que un pequeño número fue enviado a Portugal.
Esta distribución tan exclusiva ha convertido al 320iS en un coche raro incluso dentro del mundo BMW, y encontrar uno en estado original hoy es toda una hazaña.
5. BMW quería un modelo “discreto”
Esto formaba parte de la estrategia de discreción mencionada antes: desde fuera, parecía un simple 320i con llantas de 15 pulgadas.
Solo un oído entrenado o una mirada atenta al cuentarrevoluciones (con zona roja a 7.200 rpm) podía revelar que se trataba de algo mucho más serio.
6. Sin ABS ni dirección asistida… en algunas versiones
En su configuración básica, el 320iS podía pedirse sin dirección asistida ni ABS, un rasgo impensable hoy en día pero que reflejaba su carácter purista.
Muchos entusiastas preferían esta versión por su mayor comunicación con el asfalto, y porque el coche resultaba más ligero, con un peso por debajo de los 1.200 kg.
7. Su relación con los circuitos
Aunque el 320iS nunca fue homologado oficialmente para competir —a diferencia del M3—, varias unidades fueron preparadas por equipos privados en Italia para campeonatos locales de turismos.
Gracias a su ligereza, equilibrio y motor elástico, estos coches se mostraron sorprendentemente competitivos, llegando incluso a superar a los Alfa Romeo 75 y Ford Sierra en circuitos cortos.
8. La rareza del “RHD”
Ningún 320iS se fabricó con el volante a la derecha. Esto significa que no existen unidades originales para el Reino Unido, Japón o Sudáfrica, algo que ha elevado aún más su rareza y atractivo en el mercado global de clásicos.
9. El mito moderno
Hoy en día, el 320iS es un coche de culto. Muchos coleccionistas lo consideran el equilibrio perfecto entre usabilidad diaria y deportividad clásica.
Su mecánica robusta, su mantenimiento más asequible que el del M3 y su exclusividad lo han catapultado al estatus de “clásico inteligente”, especialmente entre los amantes de BMW que buscan autenticidad sin ostentación.
10. Un coche que define una era
El 320iS fue, en cierto modo, el último BMW purista de la vieja escuela: tracción trasera, aspiración natural, sin ayudas electrónicas, motor de competición y una dirección que transmitía absolutamente todo.
Su legado no está en los trofeos ni en los récords, sino en haber demostrado que la ingeniería precisa, cuando se combina con la pasión por conducir, puede dar lugar a algo verdaderamente atemporal.
El equilibrio perfecto entre lo discreto y lo legendario
El BMW 320iS E30 ocupa un lugar muy particular dentro de la historia de la marca bávara. No fue concebido para brillar en los escaparates ni para homologar un coche de competición; fue, más bien, una respuesta precisa a un contexto concreto. Y, sin embargo, terminó trascendiendo su propósito inicial para convertirse en uno de los modelos más admirados y codiciados de la gama E30.
En una época en la que las regulaciones fiscales condicionaban el mercado, BMW supo encontrar un equilibrio magistral entre rendimiento, elegancia y discreción. El 320iS fue el fruto de una ingeniería adaptada, pero no comprometida: un motor derivado del M3, un chasis afinado con precisión quirúrgica y una estética contenida que lo hacía pasar inadvertido incluso ante los ojos más expertos.
Lo que en su día fue una necesidad comercial se transformó, con el paso de los años, en una virtud. Porque el 320iS representa el espíritu de un tiempo en el que la conducción pura era el objetivo principal, antes de que los turbos, las ayudas electrónicas y las pantallas digitales redefinieran el concepto de deportividad.
Cada kilómetro en un 320iS transmite una sensación que pocos coches modernos pueden igualar: la conexión directa entre el conductor y la máquina. No hay filtros, no hay artificios. Solo el sonido metálico del S14 subiendo de vueltas, el tacto firme del cambio Getrag y el equilibrio perfecto de un chasis afinado para quien sabe entenderlo.
Hoy, más de tres décadas después de su nacimiento, el 320iS es mucho más que una curiosidad para mercados específicos. Es un símbolo de resistencia a la uniformidad, una declaración de principios de una BMW que aún creía que la emoción debía medirse en revoluciones por minuto, no en cifras de marketing.
En definitiva, el 320iS E30 no fue el coche más potente, ni el más radical, ni el más famoso de su generación. Pero sí fue, quizás, el más coherente, el más auténtico, el que mejor encarnó la filosofía de BMW: Freude am Fahren — el placer de conducir.